JOAQUÍN V. GONZÁLEZ

por Ariel Ferraro

Joaquín Víctor González

Joaquín V. González entraña en los anales de nuestra cultura nacional, la más robusta personalidad surgida del medio riojano.

Nació en Nonogasta, aldea del departamento Chilecito, el 6 de marzo de 1863, siendo sus padres don Joaquín González y doña Zoraida Dávila.

Luego de cursar estudios elementales en su propia tierra, ingresa al Colegio de Monserrat de Córdoba y más tarde a la Facultad de Derecho de la Universidad.

Esa Córdoba, personal, retardadamente colonial, pero es espiritualmente progresista, le brinda la primera oportunidad de comunicación desde las páginas de una revista literaria: La Revista de Córdoba.

En el año 1884 se desempeña como profesor, dictando las cátedras de historia, geografía y francés, en la Escuela Normal de Maestras de la misma ciudad. Pero también es ya un periodista consumado que alterna esas tareas con la preparación de su tesis doctoral sobre el tema: “Estudio sobre la revolución”. Y el 26 de mayo de 1886 obtiene el grado de doctor en jurisprudencia.

En el mismo año, el gobierno de su provincia lo designa para estudiar el problema de límites con Córdoba. Pocos meses después es elegido diputado nacional por su provincia, incorporándose en su carácter de legislador el 27 de agosto de 1886, sin tener la edad requerida por la Constitución.

Casi simultáneamente, en compañía del doctor Rafael Igarzábal, le es encomendada la redacción de la Constitución de la Provincia de La Rioja. Al dar por finalizada esta tarea se radica en la Capital Federal e ingresa a la redacción del diario La Prensa.

La presentación de su libro fundamental La tradición nacional aparecido en 1888, le significa —como ha dicho uno de sus críticos más fervorosos— el decisivo y firme ingreso a la literatura nacional.

El general Bartolomé Mitre, al hacer acuse de recibo de la obra mencionada, expresa:

“Le diré que es el primer trabajo que en su género se haya hecho con sinceridad, con amor y con ilustración, y que contiene el germen de otros libros más completos que promete la mente de su autor, nutrido por estudios serios, en que la reflexión y el sentimiento se equilibrasen”.

González vuelve a los estrados legislativos en mayo de 1889, pero debe renunciar el 12 de junio del año siguiente cuando resulta elegido para ocupar el gobierno de su provincia, gestión que se prolongará hasta 1891.

Una tercera diputación por La Rioja lo lleva de nuevo a Buenos Aires en el año 1892, y al finalizar su misión, el Poder Ejecutivo lo designa vocal del Consejo Nacional de Educación.

En 1893 da a conocer lo que para muchos es su obra literaria más importante: Mis Montañas y en 1894 se incorpora como profesor de la cátedra de Legislación Minera en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Dos años más tarde se lo comisionará para que proyecte el Código de Minería que el Congreso convertirá posteriormente en ley, en el año 1917.

En 1896, con motivo de crearse la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, es designado académico titular.

En el transcurso del año siguiente aparecerá su Manual de la Constitución Argentina y en 1898 la provincia de Córdoba lo elige convencional para reformar la Constitución. Ese mismo año vuelve otra vez al Congreso Nacional —ya familiar en su proficua carrera política— representando como diputado a su provincia natal.

En el año 1901 es designado Ministro del Interior y por espacio de tres meses, en período de interinato, desempeña la cartera de Instrucción Pública. Interinamente también ocupará después el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, desde el que intervino en el problema que nos condujo al sello de la paz con Chile.

Hombre de pensamiento democrático, González había bregado desde siempre por la admisión y la competencia de todas las ideas en el parlamento y en la lucha electoral. Por ello, siendo ministro del Interior, reforma la Ley de Elecciones vigente, lo cual permite la entrada al Congreso, del primer representante del Partido Socialista en nuestro país.

Suyo fue —siendo ministro— el proyecto de la Ley Nacional del Trabajo o código obrero.

En octubre de 1904, el nuevo presidente de la República, doctor Manuel Quintana, lo designa titular de la cartera de Justicia e Instrucción Pública. A partir de ese momento comienza la tarea previa que culminará con la fundación de la Universidad Nacional de La Plata —máximo exponente de su genio innovador y visionario— el 19 de septiembre de 1905.

Entre 1906 y 1909 ocupa la presidencia de la nueva casa de altos estudios por él fundada y que será ciertamente un modelo entre las universidades jóvenes y renovadoras de la cultura continental. Tanto es el afecto que González profesa a la Universidad de La Plata, que no se conforma con haber renunciado por su atención a un ministerio: contrata para prestigiarla, las figuras más eminentes y accesibles del pensamiento de su época, y hasta dona para esa institución su rica biblioteca particular.

En 1906 su fama ha trascendido sobradamente nuestras fronteras. Por ello, la Real Academia de la Lengua lo designa miembro correspondiente extranjero y el Poder Ejecutivo lo nombra representante a la III Conferencia Internacional Americana que se reúne en Río de Janeiro.

Ese mismo año será otra vez llamado para ocupar el ministerio del Interior, cargo que ocupa por un lapso muy breve pues también se lo había designado como consejero en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Desde 1907 a 1916 es senador de la Nación por la provincia de La Rioja. Y desde 1909 hasta 1918 —conectando tres elecciones sucesivas—, el profesorado de la Universidad Nacional de La Plata, lo hace su presidente.

En 1910, con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo, da a conocer desde las páginas de La Nación, cuya planta de redactores integra, su magnífico trabajo denominado “El juicio del siglo” o “Cien años de historia argentina”. Y el presidente Roque Sáenz Peña lo designa miembro de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya.

La Universidad Nacional de Córdoba confiere a González en 1913 el título de Académico honorario en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y al año siguiente el grado de miembro de la rama argentina del Instituto Americano de Derecho Internacional. Conviene decir que a esta altura de su vida, rubrican sus prestigios, una gran cantidad de distinciones internacionales, entre ellas, las de Oficial de Academia y de Comendador de la Legión de Honor que le otorgara el gobierno de Francia.

Pero González no abandona nunca su pasión literaria y filosófica; antes bien, la enriquece cotidianamente con aportes originalísimos.

El pensamiento y la poemática oriental, constituyen en esta época un atractivo apasionante para él. En 1915 traduce nada menos que la Rubáiyat , de Omar Khayyám. La edición gonzaliana será para muchos de sus compatriotas la primera revelación de la gran poesía persa. Pero el místico de Samay Huasi es un riojano universal, que desde su tierra llega a las cosas primordiales del mundo y desde ese mundo, a la primordialidad de lo suyo. En 1916, siguiendo la línea de sus obras de hondo contenido nacional, publica su Bronce y lienzo.

Ese mismo año debe finalizar su mandato senatorial pero es reelegido hasta 1925, para proseguir ocupando su banca en la alta cámara argentina.

En 1918 al dar por finalizado su ciclo presidencial en la Universidad Nacional de La Plata, es objeto de un gran homenaje en el Teatro Argentino de la misma ciudad y ese mismo año, es cuando se conoce la versión de los 100 Poemas del Kabir de Rabindranath Tagore, que él traduce del inglés.

El 4 de febrero de 1922 es designada miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid.

Fallece en Buenos Aires el 21 de diciembre de 1923, a la edad de sesenta años.

Estaba casado con doña Amalia Luna Olmos.

Por expreso pedido del pueblo de su provincia, sus restos fueron trasladados a Chilecito el 14 de agosto de 1926. Desde Buenos Aires se organizó una caravana presidida por el ministro de Instrucción Pública doctor Antonio Sagarna e integrada por legisladores, miembros de todas las universidades estatales, cultores del arte, de las ciencias, del derecho o de la política.En el año 1934, por iniciativa de la Universidad Nacional de La Plata que presenta al congreso el senador doctor Alfredo L. Palacios, se publican las obras completas del gran pensador multifronte. Ellas suman nada menos que 55 títulos.

Anteriormente había escrito el Armonía Silvestre (1881); El genio —en la muerte de Andrade— (1882); El poema de un ángel (1882); Oscar (1883); La visión de la montaña (1883); Canto a La Rioja y Catamarca (1883); Bayroniana (1883); Mirando al cielo (1884); Canto a la libertad de conciencia y Rimas (1885); Estudios sobre la revolución (1885); Intermezzo, dos décadas de recuerdos literarios (1888-1908); Proyecto para la Constitución para la Provincia de La Rioja - comentado (1887); La tradición nacional (1888); Mensajes a la Legislatura (1890); Mis Montañas (1893); Cuentos (1894); Manual de la Constitución Argentina (1897); Actos irrevocables del Poder Ejecutivo (1899); Patria, Historias, Enseñanza obligatoria y Legislación de minas (1900); Problemas escolares (1901); Ideas y caracteres y La reforma electoral argentina (1903); Debates constitucionales, Los tratados de paz de 1902 y Proyecto de ley Nacional del trabajo (1904); Educación y gobierno y La Universidad Nacional de La Plata (1905); Escritos y opiniones en derecho y Universidades y Colegios (1907); International arbitration and Argentine Policy, La Argentina y sus amigos y Política espiritual (1910); Hombres e ideas educadores (1912); El juicio del sialo o Cien años de historía argentina —aparecido ya en las columnas del diario de Mitre, pero esta vez por reclamo popular en un volumen— (1913); Jurisprudencia y política (1914); Versión española de las Rubáiyat de Omar Khayyán; La expropiación ante el derecho público argentino y Política universitaria (1915) Bronce y lienzo (1916); La propiedad de las minas (1917); Cien poemas del Kabír (1918); El senado federal (1919) y Patria y democracia (1920).

Quedarían por enumerar todavía otras obras que aparecieron después de su muerte, y que son las siguientes: Fábulas nativas (1924); Rubáiyat de Omar Khayyám (1926); El centinela de los Andes (1929); Estudios constitucionales (1930); Estudios de historia argentina (1930); El Censo Nacional y la Constitución (1931); La patria blanca (1931; Mitre (1931); Un ciclo universitario (1932); Ritmo y línea (1933); Política internacional (1934) e Intermezzo (1934).

Joaquín V. González era miembro de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya; académico honorario de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia de Madrid; miembro de la American Academy of Political and Social Science de Filadelfia; miembro de la Real Academia de Ciencias Políticas de Madrid; profesor honorario de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Río de Janeiro; miembro honorario de la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de Chile; miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona; miembro de la Academia Central Mejicana de Jurisprudencia y Legislación; presidente honorario del Instituto Español Criminológico de Madrid; profesor honoris causa de la Universidad de Oviedo; miembro de honor del Cuerpo de Antiguos Alumnos de la Universidad de Oviedo; miembro de la Junta de Historia y Nunismática Americana de Buenos Aires; Académico de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires; Académico titular y Consejero de la Facultad de Filosofia y Letras de Buenos Aires; miembro honorario de la Universidad Nacional de .Tucumán; miembro de la Academia Americana de la Historia; miembro de la Sociedad Científica Argentina; miembro del Instituto Geográfico Argentino; miembro honorario de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba. Además, fuera de las importantes condecoraciones que hemos mencionado, poseía también la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII y el grado de comendador ordinario de la Orden Civil del mismo origen.

Pese a esta múltiple enumeración de distinciones coincidentes en su robusta como heterogénea personalidad, Joaquín V. González quiso ser, fue y seguirá siendo un poeta:

No me avergüenzo ni escondo mi culto por la poesía, el arte, la belleza, aun en medio de las más prosaicas y rudas tareas de la vida combativa, política, docente, profesional... Y si por alguna razón me siento identificado con la ciencia de la jurisprudencia, es por haber llegado a ella por la senda de la emoción, ante la contemplación de la belleza inmanente en todo concepto de justicia”, así lo expresa categóricamente en su jugoso y maduro prólogo a los Cien poemas de Kabir.

Esta justificación no es única; el deseo de ser antes que nada “simplemente un bardo”, está expresado por el insigne riojano, en otros tramos y en otras obras de su producción:

La poesía es la armonía de la historia y las tradiciones populares son las flores silvestres con que los pueblos adornan a esa reina de las artes —dice en el primer capítulo de La tradición nacional—. Un pueblo sin poesía es un cuerpo sin alma; pero ese pueblo no ha existido nunca, ni existirá en el futuro”.




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BIBLIOGRAFÍA

(ver texto principal)


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-En construcción-


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