Entraba por la dificultosa y despareja picada abierta en el monte. El viejo Ford se balanceaba, ahogando rezongos en sus bien ajustados elásticos, todavía fuertes, jóvenes.
El automóvil avanzaba despacio. También yo viajaba lentamente, internándome nostálgico, en esa otra "picada" que me alejaba de mi juventud.
Absorto, lejano, dejaba que los árboles saludasen mi paso hacia el tiempo, mi internación en la vejez. Me gustaba esa serena compañía de sombras alargadas, de ramas cadenciándose al compás de la brisa crepuscular.
En medio de ese lento desfile de troncos, y a través de los borrones inexpertos trazados por escuálidos pastizales, alcancé a divisar una forma oscura, redonda e inquietante que se desplazaba alisando las asperezas del monte bajo.
Sólo un instante duró el sobresalto inicial. En seguida me di cuenta de que se trataba de una lampalagua. Llamativamente grotesca y fea, demasiado grande en comparación a las que viera anteriormente, se exhibía despreocupada y mansa, arrastrando su inofensiva gordura, ocultando sus ojillos inexpresivos tras un amago de cuello. Era sólo un bulto de vida y movimiento. Casi instintivamente apreté los frenos. No era temor lo que me impulsaba a hacerlo. Tampoco, curiosidad (ya había muerto el fugaz instante de la inquietud). Ahora se abría un paréntesis en mi travesía interior: arribaba a una inesperada estación en ese otro viaje de cavilaciones que arrastraba mi pensamiento. Estúpidamente estiré la mano y la cerré sobre la culata del 22 que dormía a mi lado, ocupando el resto del asiento delantero. El rifle era de repetición. El primer tiro rozó el lomo del animal y fue a dar en una ramita seca partiéndola en dos y elevándola en el aire. El segundo disparo salpicó tierra sobre su cabeza, pero el tercero se incrustó en la cola.
Fue entonces cuando se produjo aquella extraña reacción que grabó, con signo indeleble, el episodio en mi memoria: frenando en seco la carrera emprendida al sentirse atacada, comenzó a girar su cuerpo en dirección al automóvil. Más precisamente sus ojitos -con una mirada impulsada desde el fondo de su negrura grasienta- estaban clavados en mí. Inmóvil, inmovilizó mi mecánico accionar del gatillo. Su fastidio llegaba claro, patente, hasta donde yo estaba. Inundaba mi cara, mordía mi garganta. Hartazgo y cansancio también se echaban sobre la ventanilla abierta y la penetraban haciéndome presa de singular zozobra.
Pero el bulto -que ya había dejado de ser bulto- seguía en el mismo lugar. Sólo que ahora parecía hacer esfuerzos por pararse sobre la cola lastimada. Yo la vi. Tal vez bajo el raro hechizo de aquel instante expulsado de la convencional cronometría de los hombres, lo admito, pero la vi erguida, imponente, sostenida por la fuerza de su indignación creciente, vi los brazos brotados de súbito a la altura de ese proyecto desistido de cuello, y pude observar la frenética agitación mímica con que enfatizaba las gesticulaciones de su boca desesperada: -¡BASTA! jBASTA INSENSATO !... -me decía. Es verdad. Y la escuché... Claramente percibí su descomunal grito. Casi sin modulaciones, se oía una herida parlante, amplificando dolores desde el fondo abierto por la insensatez en aquella negrura impresionante e indescriptible. Entonces, atontado, algo así como avergonzado, bajé, el rifle y también la cabeza...
Al cabo de un rato cuando ya mis manos, posadas sobre el volante, se sentían libres del sudor frío que las recorriera, me di cuenta de que la inesperada estación aparecida en el viaje de mis cavilaciones, comenzaba a quedar atrás.
Ha pasado el tiempo. No sé bien en qué curva abandoné el tren hacia la vejez. De todos modos, ya no me agobia esa obsesión de juventud. El camino de mi vida fue sacudido por experiencias con repercusión más allá del límite de lo humano. Y eso, entre otras cosas, me hizo comprender que el tiempo soy yo mismo. También algo aprendí sobre el acosamiento, la insensatez y el dolor...Desde hace algunos días vuelvo a frecuentar aquella antigua "picada". Ya no está tan despareja; ya no se torna dificultoso su recorrido. Con la mayor visión de la perspectiva abierta, las cadencias del follaje lucen más bellas, mejor rimadas. Pero yo voy buscando abajo, en medio del lento desfile de troncos y a través de los borrones inexpertos trazados por los escuálidos pastizales...
Cuando la vea, paseando su despreocupada negrura y su redonda mansedumbre sobre las asperezas bajas del paisaje, detendré este auto, que es el mismo de entonces ; abriré la puerta despacio, muy despacio ; me bajaré sin rifle en la mano, sin apuro ni sobresaltos. Esperaré a que, nuevamente, a ella y a mí -porque así será, lo presiento- nos envuelva ese mágico instante saltado de la cronometría humana. Y entonces, únicamente entonces, le diré, en un solitario susurro que sólo ella escuchará:
--Lampalagua, Lampalagua...
...Y yo sé que me comprenderá…
RICARDO MERCADO LUNA